Antes de creer en una encuesta, debes leer este artículo de opinión.
Por : Damaris Amparo
Hubo una época en que una encuesta electoral era considerada una referencia casi indiscutible para conocer el estado de una campaña. Hoy ocurre exactamente lo contrario. En buena parte del mundo, millones de ciudadanos observan los sondeos con creciente desconfianza. No porque toda encuesta sea falsa, sino porque en los últimos tiempos demasiadas han terminado demostrando que estaban muy lejos de la realidad.

Las encuestas nacieron para medir la opinión pública, no para fabricarla. Sin embargo, en los últimos años muchas han sido utilizadas como herramientas de propaganda política, buscando instalar la idea de que un candidato es “invencible”, que otro “no tiene posibilidades” o que una candidatura “ya está derrotada”. Esa estrategia persigue un objetivo evidente: influir en el comportamiento de los electores antes de que voten. Engañar al futuro votante comunicándole en su mente una mentira.
No todas las firmas trabajan de esa manera. Existen empresas con prestigio internacional, metodologías auditables y décadas de credibilidad que cuidan rigurosamente su reputación. Una encuesta seria puede equivocarse porque trabaja con probabilidades, no con certezas. Muy distinto es el caso de estudios sin suficiente transparencia metodológica o difundidos con claros intereses políticos o comerciales y muchas veces hechas desde un escritorio.
Los ejemplos recientes abundan. En Colombia, durante la primera vuelta presidencial de 2026, varias mediciones no detectaron adecuadamente el crecimiento de Abelardo de la Espriella y no le daban esperanza en la primera vuelta. Tras conocerse los resultados oficiales, numerosos analistas señalaron que una buena parte de las encuestas había subestimado su desempeño electoral.
Algo parecido ocurrió en India en 2024. La mayoría de las encuestas a boca de urna pronosticó una victoria mucho más amplia para la alianza encabezada por Narendra Modi. El resultado final fue muy diferente, provocando una intensa discusión nacional sobre la calidad de los sondeos, pedidos de investigaciones y fuertes críticas contra varias empresas encuestadoras.
En numerosos países, partidos, grupos económicos, campañas y medios de comunicación financian estudios de opinión. Ese hecho, por sí solo, no invalida una encuesta, pero sí obliga a preguntarse quién la paga, con qué metodología fue realizada, cuál fue el tamaño de la muestra, cómo fueron seleccionados los entrevistados ,si la ficha técnica completa está disponible para el escrutinio público y si existen compromisos para a un determinado
Las democracias necesitan información confiable, no percepciones fabricadas. Una encuesta nunca debería convertirse en un instrumento para desalentar votantes, atraer financiamiento, presionar alianzas políticas o influir psicológicamente sobre un electorado indeciso que es algo que en la actualidad está pasando en la República Dominicana con varias firmas de encuestas.
Quizá la mayor enseñanza de los últimos años sea que las campañas ya no se ganan en los estudios demoscópicos, sino en las calles, en las redes sociales, en los medios tradicionales y en la decisión silenciosa que millones de ciudadanos toman cuando están solos frente a la urna y se cansaron del sistema de los grandes partidos que los han engañado durante años.
Las encuestas seguirán siendo una herramienta útil cuando respeten el rigor estadístico y la independencia profesional. Pero la confianza pública no se recupera con publicidad ni con titulares espectaculares. Se recupera acertando, siendo transparentes y recordando una verdad elemental: en democracia, la única encuesta que realmente decide el futuro de un país es la que comienza cuando se abren los colegios electorales y termina con el conteo oficial de cada voto.
