Black Lives Matter da esperanzas a otros grupos minoritarios

Cuando el equipo de fútbol americano de Washington decidió cambiar de nombre para eliminar una referencia ofensiva a los pueblos originarios tras resistirse a hacerlo por décadas, la activista Frances Danger sabía por qué lo había hecho: Por el movimiento Black Lives Matter.

Danger dijo que el cambio jamás se hubiera dado sin las manifestaciones de protestas masivas que siguieron a la muerte de un afroamericano asfixiado por un policía de raza blanca que le apoyó la rodilla en el cuello en Minneapolis.

“Lamentablemente, George Floyd tuvo que morir para que pasase esto”, expresó Danger. “Es un precio muy caro, pero por siempre le estaré agradecido porque mis nietos tal vez jamás tengan que escuchar la palabra ‘redskin’ (piel roja) en su vida”.

Las demandas de justicia social que surgieron tras la muerte de Floyd alientan las esperanzas de los pueblos originarios y de las comunidades de origen asiático, latinoamericano y de otras regiones que enfrentan también el racismo y la discriminación.

“Siento que se acepta más este diálogo”, manifestó Jessica Rodríguez, una chicana de 38 años que vive en el sur de California. “Por primera vez siento que mucha gente que me resistió está diciendo, ‘oye, tienes razón, esto es sistémico. No puedo creer que no me había dado cuenta’”.

Al mismo tiempo, el movimiento hace que las comunidades minoritarias enfrenten sus propios prejuicios internos y los conflictos que hay entre ellas. No hay un historial de solidaridad entre las minorías, según Claire Jean Kim, profesora de ciencias políticas y estudios asiático-americanos de la Universidad de California con sede en Irvine.

“Hay persistentes tensiones y conflictos entre todos los grupos porque, de hecho, ocupan el mismo sitio”, dijo Kim. “Tendemos a pensar que, sí, todos estamos sujetos a la supremacía blanca, pero hay diferencias en el lugar de cada uno. La población negra está claramente al fondo del orden racial”.

El grupo étnico o racial más grande de Estados Unidos después de los blancos son los latinoamericanos, que representan el 18% de la población. Les siguen los afroamericanos, que son el 13%. Los asiáticos representan casi el 6% y los descendientes de los pueblos originarios apenas el 2%. A menudo no se los considera en las estadísticas de indicadores sociales.

Intereses económicos encontrados, clases de historia tendenciosas y, en algunos casos, conflictos por la supervivencia que no dejan tiempo para pensar en el estado de las relaciones entre las razas, se han combinado para complicar la unión de las minorías.

Algunos asiáticos, por ejemplo, pueden resentir los programas de “acción afirmativa” que favorecen a afroamericanos e hispanos, en detrimento de ellos, que pueden tener mejores notas pero no ser admitidos en ciertas casas de estudio.

Frank Xu, un ingeniero de programación de software de 42 años de San Diego que vino de China hace 15 años, se opone a una medida de “acción afirmativa” de California cuyos impulsores dicen es vital para borrar décadas de racismo sistémico.

“No somos la mayoría y no somos la minoría”, dijo en alusión a los asiáticos, que son blanco de comentarios negativos sobre China durante la pandemia. El virus fue detectado por primera vez en China y el presidente Donald Trump lo describe despectivamente como “el virus chino”.

Steve Tauber, profesor de ciencias políticas de la Universidad del Sur de la Florida con sede en Tampa, que estudia el papel de la raza en la política, dijo que una de las barreras que enfrentan las minorías para unirse es lo poco que saben de las historias de los demás en Estados Unidos. De la esclavitud y las leyes de Jim Crow de los afroamericanos, de la colonización de los mexicanos cuando grandes extensiones de tierra pasaron a ser parte de Estados Unidos, de las leyes inmigratorias que excluían a los asiáticos y de la lucha de los pueblos originarios por conservar su soberanía.

“Hay mucha ignorancia”, dijo Tauber. “Cada comunidad conoce su historia pero no la de los otros grupos”.

Esto podrían cambiarlo las nuevas generaciones, más informadas acerca de las dinámicas raciales y de su historia compartida de discriminación.

Rodríguez dijo que de niña, su generación se sentía indefensa, incapaz de luchar contra policías que parecían estar siempre parando vehículos de personas de minorías sin razón aparente alguna. Pero acotó que su sobrina, quien está en el octavo grado, no solo condena la discriminación racial en las redes sociales sino que también comparte información con sus compañeras acerca de cómo aliarse con otros grupos minoritarios.

“Las nuevas generaciones saben que esto no está bien”, manifestó. “Los niños hablan de Black Lives Matter: Está bien resistir, defenderse”.

Daisy Tam, una mujer de origen chino de 38 años, dice que cuando tomó una clase sobre las relaciones raciales en la universidad se dio cuenta de cómo se perpetúan los estereotipos en Estados Unidos.

“El racismo lo aprendes de niño. Es algo triste, pero cierto”, comentó.

Después de la muerte de Floyd, tuvo una charla con sus padres en la que les dijo: “Ustedes vinieron y fueron discriminados. Los afroamericanos también son discriminados. No hay diferencia alguna”.

Ha habido algunos momentos de gran unidad. Y participantes en las manifestaciones de Black Lives Matter han apoyado a los jóvenes sin papeles que fueron traídos al país de niños, por ejemplo.

AP

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